Armonicus Cuatro
Diario de un loco

¿Sabías que...

Mario Iván Martíez empezó a hacer teatro a la edad de los 9 años. ?

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Prensa

01 de Septiembre de 2005

VELADA SHAKESPEAREANA
Aurelio Tello

Una contradicción notoria de la actividad musical en la ciudad de México consiste en que,  por un lado, la oferta de conciertos, recitales y audiciones es visiblemente elevada, pero por otro, lo realmente atrayente, novedoso u original está reducido a su mínima expresión.

Un mortal cualquiera puede oír música en las salas de conciertos, en los museos, en las universidades, en escuelas, colegios, casas de cultura, iglesias, capillas, parroquias, cantinas, salones de baile, parques delegacionales, teatros del seguro social, (no sé por qué, pero parece que los locales políticos están voluntariamente excluidos), clubes sociales, centros de esparcimiento, etcétera, etcétera, etcétera.  Empero, lo que se ofrece al público es tan repetitivo, tan poco propositivo, tan redundante, tan complaciente para el gusto decimonónico que campea en plena posmodernidad, o tan falsamente moderno, que lo verdaderamente genuino, inteligente, atractivo, singular y renovador acaba pasando desapercibido como parte del montón de  “obras clásicas y contemporáneas”  con que anuncian numerosos conciertos.  Y esto vale para todos los géneros, estilos y lenguajes musicales.  Desde los pueriles homenajes del Parque del Venado, que son la versión más naca todavía de Siempre en domingo, hasta las programaciones sinfónicas que no pueden evitar la tentación de incluir Carmina Burana para que los hueseros de oficio se suban al escenario a gritar a todo pulmón una partitura en la cual las notas falsas o las notas desafinadas parecieran competir por asegurarse un lugar en la historia universal de la infamia.

Pero como parece que los devotos de Nuestra Señora de la Necedad forman una cofradía bastante grande, yo prefiero andar con mis herejías por otro lado.  Y en estas  andanzas me topé con un programa que lleva como título “Música en la obra y el tiempo de William Shakespeare que el actor y cantante Mario Iván Martínez, acompañado del laudista Antonio Corona, está ofreciendo los martes en el delicioso recinto del claustro de la Pinacoteca Virreinal.  Se trata de un curioso, cuanto disfrutable, espectáculo, a medio camino entre el concierto y el teatro, aunque el peso recae propiamente en lo musical. 

El programa consiste en un conjunto de piezas, unas vocales y otras instrumentales, que, o se usaron como canciones dentro de las obras de William Shakespeare, o fueron contemporáneas de ellas.  De las primeras Mario Iván interpretó música incluida en Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo, La Noche de Epifanía y Las alegres comadres de Windsor.  De las otras hay canciones como When from my Love, de John Bartle, What if a Day, de Thomas Campion o I saw my Lady weep y Can she excuse my Wrongs? de John  Downland y las anónimas Bonny Sweet Robin, Packingston’s Pound, Sellenger’s Round y Kemp’s jiggle.

Lo primero que quiero resaltar en este programa es la manera tan cuidada, tan inteligentemente elaborada, como han sido ordenadas las piezas del programa, que combinan no sólo lo vocal con lo puramente instrumental, sino también el carácter de las piezas, su sentido dramático, tierno, humorístico o simplemente poético logrando fluidez, variedad, agilidad y atrapando la atención del espectador/oyente en todo momento.  Gran cosa armar un repertorio sin baches, sin puntos muertos, sin que decaiga el interés artístico, sin dar lugar a la monotonía.  Se nota,  “luego, luego” como se estila decir en mexicano, que el programa es resultado de un concienzudo estudio de material, de sus posibilidades, de los contrastes que ofrecen los tempi, las tonalidades y los “aires” de la música instrumental que sirven de puente para enlazar las piezas cantadas. 

El otro aspecto digno de destacar es el interpretativo.  Mario Iván Martínez es, no sólo un actor profesional, sino también un cantante comprometido con la difusión de la música antigua.  Y en este programa está como pez en el agua.  Dice sus textos con la propiedad de un actor maduro, que sopesa la expresividad de cada frase y encuentra para ellas el tono justo, dándole a lo hablado un sentido musical.  Cuando canta, lo hace con voz clara, magnífica dicción, buen ritmo y honda expresividad.  Y aunque se anuncia como  contratenor, su canto fluye más bien en el registro de un tenor ligero, de timbre agradable y con un sentido expresivo más cercano a la canción popular (que le viene a esta música como anillo al dedo) que al canto operático que es por completo ajeno a este repertorio.  También evita cantar con la voz completamente blanca, hecho al que son tan proclives los cantantes ingleses y uno que otro purista dispuesto a jurar que ellos sí saben cómo hacerlo.

En una mínima ambientación escenográfica (dos sillas, una mesa con flores, unas copas) la presencia de Mario Iván lo llena todo.  Su sola persona basta para que en el escenario parezca que hay más elementos.  Y en un mínimo espacio, su talento de actor le hace interpretar a dos personajes al mismo tiempo (en un fragmento de La fierecilla domada, creo) con la misma versatilidad y altura actoral con que creó el entrañable personaje  de Como agua para chocolate.  Y su partenaire, el laudista Antonio Corona, conocedor de estos asuntos, no desmerece en lo que le compete y contribuye positivamente al desarrollo del espectáculo con una mezcla de discreción y eficiencia que mucho se agradece.

¿Por qué juzgo importante este concierto?  Por varias razones:  Primero, porque nos saca de la rutina, de las programaciones burocráticas, de la redundancia.  Segundo, porque es un trabajo que destila exquisitez, refinamiento, sensibilidad,  búsqueda y no cae en la cursilería ni en efectismos baratos.  Tercero, porque implica una visión más amplia de la música antigua, al sugerirnos cuán estrechos son los lazos que unen a la música y el teatro.  Cuarto, porque pone en evidencia que para un actor no tiene porqué ser ajeno el arte del canto o para un cantante el arte de la actuación.  Y aunque parezca que con esta afirmación estoy descubriendo el agua tibia, mis visitas a Bellas Artes o mi trato cotidiano con estudiantes de actuación me aseguran otra cosa.

Música en la obra y el tiempo de William Shakespeare es uno de los conciertos que más he disfrutado en lo que va del año.  Y no me queda sino recomendar a los verdaderos amantes de la música que se asomen a los territorios de la música isabelina que con tanta galanura y plausible entrega, finura y delicadeza nos regala el conocido cantante/actor (o viceversa).